miércoles, 28 de octubre de 2015

¿Cómo hacer teatro jurídico?: Caso Feminicidio

Para empezar, habría que aclarar a qué nos referimos con teatro “jurídico”. No es nuestra intención asustar a nadie. Pero convengamos que la proximidad de una disciplina como el derecho con la del teatro resulta un poco inquietante sino paradójica. Porque si algo define históricamente al teatro ¿no es justamente la ruptura de leyes y códigos? Lo han repetido hasta el cansancio, ¿de dónde nace Antígona sino del conflicto entre dos legalidades: la de los hombres y la de los Dioses?

Para que algo sea artístico y se lo valore como tal es preciso mucho más que la voluntad de expresarse de un individuo. Es preciso que haya al menos un otro. Lo sabe cualquiera que hace teatro, el teatro no se puede hacer solo. Y en las condiciones actuales de producción, el otro son siempre varios otros (compañeros, dueño de sala, el Estado, el público, los críticos, hasta la cuenta de luz que gastan los tachos). Ese Otro no es sino un código. Un código o pacto que comparten y que sostiene la distancia entre el que ve y el que actúa para que eso que suceda sea considerado artístico.

Si entendemos por derecho como “lo que se puede” o lo que es posible, comprenderemos que tiene una relación íntima con cualquier actividad artística. No hay experiencia estética que no desafíe lo que es, con alguna otra posibilidad creativa que haya encontrado. En el Teatro Jurídico no atendemos lo que es, sino lo que puede ser. ¿Y no es ésta la condición de la actividad de la imaginación? ¿suspender lo que pasa por lo que podría pasar? Ahora bien, el derecho a imaginar otros mundos posibles se realiza siempre desde una posición. Esos mundos posibles para ganar realidad sólo pueden hacerlo en las condiciones y reglas que ordenan lo que es. El conocimiento del funcionamiento de esas reglas permite encontrar huecos por donde hacer pasar otros mundos. Esto quiere decir que lo posible tiene límites. ¿Cuáles son? Los valores, las relaciones, la tradición, los problemas políticos-sociales-familiares, el horizonte de expectativa que comparten los miembros de una comunidad. El teatro sucede en todas esas relaciones y sólo es realmente posible en ellas. Tanto hacia afuera como al interior de sí mismo: director, actor, profesor, dramaturgo, crítico, dueño de sala, grupo.

Sabemos que hoy lo posible ha cambiado, que es distinto a los posibles de hace veinte o cincuenta años atrás. Nuestro posible está determinado y tiene como horizonte las condiciones en las que se produce teatro independiente. Es con el trabajo sobre esos límites (falta de casi todo: plata, público, sala, prensa, etcéteras) que tienen lugar nuestras ideas más arriesgadas y desesperadas. Nuestro oxígeno es la prepotencia de trabajo. Esta es la experiencia que queremos compartir y desde las que intentamos producir otros posibles, más amplios, más generosos e inclusivos.





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